La Experiencia Curativa

Una física de la NASA, un bosque de Wisconsin y el campo de energía que nos rodea.

La mirada de Barbara Brennan

Basado en el capítulo 1 de «Manos que curan» (Hands of Light, 1987).

Hay libros que se leen como un tratado y otros que se leen como un testimonio. «Manos que curan», de Barbara Brennan, empieza como lo segundo. Antes de explicar una sola teoría, la autora nos presenta a cuatro personas que pasaron por su consulta en un mismo día de octubre de 1984, y recién después intenta responder la pregunta que cualquiera se haría: ¿cómo es posible lo que cuenta?

Cuatro historias en un día

La primera es Jenny, una maestra de unos treinta años, dueña de una florería, que había sufrido un aborto y no lograba volver a quedar embarazada. Los médicos le habían indicado una histerectomía porque detectaron células anormales en el útero. Jenny llegó a la consulta sin contar nada de su historial y pidió que le dijeran lo que se veía en su cuerpo. Brennan relata que percibió esas células en el lugar donde había estado la placenta, y también el sentimiento de culpa que Jenny arrastraba por el aborto y que, según ella, le impedía recuperarse. Le recomendó un mes de descanso, vitaminas, una dieta concreta y al menos dos horas diarias de meditación a solas, para después repetir los estudios con la medicina convencional. Dos meses más tarde las pruebas dieron normales, y un año después Jenny tuvo un hijo sano.

Luego aparece Howard, un obrero jubilado que llegó con la piel grisácea, dolores en la zona del corazón y tanta fatiga que no podía cruzar una habitación sin cansarse. Tras dos meses de sesiones semanales volvió a hacer esfuerzos y hasta a bailar. Aquí Brennan subraya algo importante: trabajó junto con su hija Mary, enfermera, y combinó la imposición de manos con los preparados de hierbas que le había recetado un médico naturópata.

Después viene Ed, con una debilidad progresiva en la espalda, los brazos y las muñecas, cuyo origen ella remonta a un golpe en el cóccix a los doce años. Y por último Muriel, una artista casada con un cirujano, con una gran inflamación en la tiroides que los médicos querían operar; según el relato, tras dos sesiones la cirugía dejó de ser necesaria, para sorpresa de los especialistas.

"Cuanto más se amplía la conciencia, más lejos alcanza la percepción del campo, siempre en capas cada vez más sutiles y sin una frontera definida."

Barbara Brennan y la experiencia curativaImposición de manos y campo energético

Qué es esto que ella hace

Barbara Brennan y la experiencia curativa

Brennan lo explica sin misterio: el método se llama imposición de manos, curación por la fe o curación espiritual, y consiste en restablecer el equilibrio del campo energético que rodea y atraviesa el cuerpo físico, al que llama campo energético humano o aura. Para percibirlo usa lo que denomina «alta percepción sensorial»: una manera de ver, oír, oler o tocar lo que normalmente escapa a los sentidos. Aclara que no es imaginación, sino lo que habitualmente se llama clarividencia.

Lo más interesante del capítulo es cómo cuenta el origen de esa capacidad. Se crió en una granja de Wisconsin, sin otros niños cerca, y pasaba horas inmóvil en el bosque esperando que se acercaran los animales. En ese silencio entraba en un estado de conciencia ampliada: sabía dónde estaba cada animal sin mirar y, caminando a ciegas, sentía los árboles antes de tocarlos. Más tarde comprendió que lo que detectaba eran sus campos de energía.

Después vino el camino racional: un máster en física atmosférica, años como investigadora en la NASA y la formación como terapeuta. Recién entonces, ya adulta, empezó a ver colores alrededor de la cabeza de las personas y reconoció en ello la continuación de aquellas vivencias infantiles. Ella ve su vida como una escuela por etapas: el bosque abrió los sentidos, la universidad formó la mente lógica, el trabajo con personas abrió el corazón, y la formación espiritual le dio confianza para aceptar lo que percibía.

La vela y los límites

Para hacer comprensible su idea, Brennan recurre a la imagen de una vela. Normalmente nos identificamos con la cera y el pabilo, el cuerpo, y vemos la llama como la conciencia. Pero si nos concebimos como la luz, la pregunta cambia: ¿dónde termina la luz de la llama y dónde empieza la de la habitación? La física dice que esa luz no tiene límite.

Su invitación al lector es práctica: quien quiera acercarse a esa percepción necesita tiempo de silencio. Puede ser meditación, pero también caminar, correr, pescar o mirar el mar, con tal de acallar la mente que no deja de opinar, repasar discusiones y juzgarnos. Según ella, al lograrlo no se pierde la individualidad, sino que se la fortalece.

Una lectura con los pies en la tierra

Conviene leer estos relatos como lo que son: el testimonio personal de una sanadora, no una demostración clínica. El propio libro lo advierte al comienzo, al decir que es una obra documental, reflejo de la experiencia de su autora, y que los ejercicios solo deberían hacerse con supervisión de un médico u otro profesional de la salud.

Es llamativo, además, que en casi todos los casos la curación espiritual convivió con tratamientos médicos, hierbas, dieta o nuevos estudios convencionales. Quizá ahí esté lo más valioso del capítulo: no una oposición entre medicina y sanación, sino la idea de que cuerpo, emociones y espíritu forman un solo campo, y de que escuchar el silencio interior puede ser parte del camino hacia la salud.

Fuente: Barbara Brennan, «Manos que curan» (Hands of Light, 1987), capítulo 1, «La experiencia curativa». Texto de resumen y comentario; para leer la obra completa, consulte la edición original.